Filosofía tienda Numbered

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Numbered es una selección de objetos diseñados por Martín Azúa; piezas únicas, ediciones numeradas y objetos por encargo, que exploran una nueva funcionalidad que incorpora aspectos emocionales y conceptuales. Es un proyecto que busca permanecer en una producción controlada, por una cuestión de calidad, de conexión con el ámbito local, de personalización y exclusividad. El dato de unidades disponibles es importante porque define un contexto productivo y devuelve a los objetos el valor de lo singular.

“Proponemos objetos especiales que establecen relaciones entre la tradición y la innovación. Reivindicamos la cultura del hacer como un valor indispensable para salvaguardar la diversidad de la cultura material y tecnológica. Los usuarios ideales de Numbered son personas que entienden sus posesiones como una colección y conocen muy bien las razones por las que un objeto puede ser especial”

El contacto directo con los talleres con los que colaboramos en el área de Barcelona nos permite aceptar encargos especiales y variaciones de los objetos que proponemos para que se adapten en lo posible a las necesidades de cada cliente. En algunos casos no disponemos de stocks, el encargo desencadena un proceso de producción que requiere un razonable tiempo de espera, informamos puntualmente de la fecha de entrega y del estado de su pedido.


“Colaboramos con personas que son depositarias
de una cultura material y tecnológica.
Si tienes una habilidad especial para hacer objetos
y sintonizas con nuestra filosofía
ponte en contacto con nosotros,
te ayudaremos a poner en valor tu trabajo
a través de Numbered.”

Numbered Sac por Martín Azúa

Del Producto al Objeto.
Por una revalorización del entorno material.

Temes de Disseny 27 / Barcelona, Diciembre del 2011
Martín Azúa

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La historia del diseño industrial es también la historia de una pérdida de valor de los objetos que nos rodean y de la multiplicación de las “cosas banales”. Las máquinas nos libraron del trabajo físico pero también alteraron todo un sistema de valores. El diseño ha luchado a lo largo de la historia por salvar de la banalización a los objetos industriales. Pero haciendo balance creo que no lo hemos conseguido, nunca hemos llegado a los niveles de consideración que tenía la producción artesanal. Los primeros valores en cuestionarse fueron el esfuerzo, la habilidad y el tiempo empleados en la realización de un producto, el precio de los objetos bajo y también la consideración que la gente tenía de ellos. En la actualidad vivimos un fenómeno muy parecido tenemos la sensación de que no pagamos el precio real de las cosas. Sospechamos que detrás de cada producto hay una historia oculta que preferimos no descubrir. La aceleración progresiva de la producción y el consumo ha hecho que el tiempo de vigencia de los objetos se reduzca considerablemente. Antaño un objeto se hacía durar al límite de su resistencia material, ahora los productos pasan de moda y nos desprendemos de ellos sin ningún trauma, a pesar de no estar deteriorados, simplemente por una cuestión de obsolescencia más o menos programada. Cada vez es más difícil encontrar en los productos valores trascendentes y emocionales, ni siquiera en los productos mas caros y elitistas. La exclusividad y la personalización de los productos parece estar reñida con la producción masiva mediante recursos industriales. La industria del lujo lucha por diferenciarse pero no lo consigue porque utiliza las mismas estructuras de producción que los objetos baratos o las copias, a excepción de raros casos en el que los productos son artesanía altamente especializada. Los productos supuestamente exclusivos de marcas de referencia se fabriquen por miles de unidades en cadenas de montaje. En la actualidad los valores de marca superan ampliamente los valores intrínsecos del producto y en este contexto es difícil establecer criterios objetivos de calidad. Hacemos un acto de fe y asumimos todo lo que nos comunican las marcas porque se trata de códigos que todos compartimos. La supremacía de lo visual frente a otro tipo de sensaciones ha fomentado que los objetos se reduzcan a simples signos, simulacros o meros instrumentos de comunicación.

El objetivo de esta breve introducción es establecer un paralelismo entre lo que ocurrió tras la revolución industrial y el cambio hacia una era postindustrial que vivimos en la actualidad. Se supone que el cambio hacia una reconversión del consumidor en usuario y del producto en servicio deja fuera del lugar al diseñador industrial de la misma manera que había dejado como superada la figura del artesano. Así deberíamos empezar a asumir que la profesión de diseñador industrial tal como la entendemos en la actualidad es un vestigio del pasado. Me refiero a la figura del diseñador plegada a los intereses de la industria y el mercado donde todo esta focalizado sobre el producto y el veneficio económico y no sobre el progreso socio ambiental Pero paradójicamente en esta época postindustrial no todo es información y servicios, seguimos teniendo las mismas necesidades que hemos tenido siempre; necesitamos un vaso para beber, una silla para sentarnos…. somos entes físicos y el entorno objetual cumple una función protésica que nos adapta al medio. Pero la finalidad primordial de los productos no es satisfacer estas necesidades sino la de dinamizar el consumo. Todos somos conscientes de que esta escalada productiva es insostenible, y que de alguna manera los diseñadores somos cómplices de esta situación. Por muy bien que intentemos hacer nuestro trabajo estamos en un sistema perverso. Diseñar objetos para un mercado saturado se ha convertido en una actividad caduca, pero también podríamos adoptar una posición romántica como lo hicieron los primeros diseñadores industriales rememorando la producción artesanal. Imaginemos por un momento que nuestra actividad puede tener una actitud crítica frente al estado de las cosas. Los objetos que consumimos son productos de un mundo global en el que es difícil discernir procedencias. Sabemos que la fabricación de objetos implica el uso de materias primas y energías no renovables, que en muchos casos están producidos en condiciones de trabajo no aceptables. La desinformación en torno a los productos nos impide establecer relaciones emocionales con los objetos. Para enfrentarnos al futuro deberíamos sacar algunas conclusiones y plantearnos algunos propósitos.

Kàntir, por Martín Azúa

Hacia una nueva materialidad

La elección de material entraña una enorme responsabilidad. Hasta ahora decidíamos un material por sus cualidades físicas, simbólicas, y sensoriales, pero la actualidad proponer un material supone asumir responsabilidades éticas que hasta ahora soslayamos. No es lícito consumir recursos no renovables, esto es injustificable porque siempre hay otra opción. Diseñar es elegir entre todas las posibilidades la más beneficiosa en un contexto global. El material ha de ser contemplado en todo su ciclo de vida. Un material define un paisaje nos pone en contacto con la diversidad del medio natural. El entorno artificial es también natural, no existe esta dualidad.

La progresiva desmaterialización de los productos en un principio podríamos entender como una ventaja, nos relaciona peligrosamente con el usar y tirar. Muchos de los objetos que utilizamos habitualmente sólo tienen un carácter material cuando los tiramos a la basura, es en ese momento cuando nos percatamos de que una bolsa de plástico ocupó un espacio y tiene un peso. Algunos teóricos del diseño aseguran que en el futuro será posible utilizar un solo “material” que podrá adquirir infinitas cualidades y será permanentemente reciclado, quizás esto sea la solución, pero ¿nos perderemos algo? Creo que no debemos renunciar a una cultura material rica y variada, nuestro entorno es gratificante cuando en el encontramos; sensaciones, temperaturas, texturas, colores, olores, y reconocemos aspectos simbólicos que nos remiten a la procedencia natural de ciertos materiales ligados también a una rica elaboración cultural realizada a lo largo de nuestra historia. En este sentido diferentes diseñadores vuelven abordar la materialidad de una forma explícita. Los materiales adquieren un rol narrativo que nos hablan de procedencias, tradiciones y culturas materiales. Los materiales conocidos adquieren nuevos significados y los nuevos materiales dialogan con la tradición para reformularla. Reivindicar la expresividad y la peculiaridad de un material es un valor en sí mismo.

Marc Vidal, equipo de Numbered

De producir a hacer

Si analizamos los productos bajo el prisma de la cosmovisión descubrimos que en un objeto se pueden concentrar todas las señales de identidad de un grupo social y de sus circunstancias. Pero en la actualidad lo que hemos ganado en globalización lo hemos perdido en diversidad. La diversidad en la naturaleza significa especialización y adaptación al medio. La globalización implica pérdida de control e incapacidad para enfrentarse a los problemas que son inabordables. En un mundo globalizado las tecnologías se comparten, también los recursos, las ideas…. de esta manera la cultura material se ve uniformizada, estamos perdiendo el valor cultural de la tecnología. Hemos demostrado ser incapaces de gestionar los recursos a nivel global intentémoslo desde la perspectiva local. Volvemos a la historia; la máquina nos liberó del esfuerzo pero convirtió nuestras vidas en algo monótono y mecánico. ¿Y si volvemos a reivindicar la cultura del hacer? Gran parte de nuestras vidas las dedicamos al trabajo así que deberíamos contemplar esa fase como algo importante en la definición de un objeto. Hacer es terapéutico, nos hace tomar conciencia de nuestras habilidades, nos da seguridad, es gratificante. Por añadido el hacer deja huella, los objetos de alguna manera delatan su procedencia. No hay belleza en los objetos si no hay felicidad en el trabajo. Consumimos productos que están fabricados con mano de obra no reconocida. Y esto impregna los productos de una pátina amoral. No hay detalles de vida, de felicidad. No se trata de reivindicar lo artesanal, sino más bien de reclamar un control sobre la producción. ¿Cómo está hecho? ¿quién lo ha hecho? ¿en qué circunstancias? ¿quién se beneficia?

Mesa Trees and Rocks y Kàntir, por Martín Azúa

Vuelta a la perdurabilidad

Hace unos años la meta de todo diseñador era crear un “clásico” un producto que perdurase en el tiempo. Entendiendo como “clásico” simplemente la intención de permanecer, la pretensión de ser atemporal. Pero lo “clásico” cada vez tiene menos adeptos. Estar a la última es un valor social que no tiene otra justificación que el incremento de los intercambios comerciales o el distinguirse de los demás, encuadrándose dentro de un cierto estilo de vida o categoría social. Renovar constantemente nuestro entorno material es el motor de toda nuestra economía. Pero paradójicamente las personas somos muy conservadoras en relación al uso de los objetos. Los rituales y costumbres tardan mucho en cambiar, normalmente sustituimos la cosas por algo muy similar.

La velocidad y el tiempo marcados por el consumo y la producción aceleradas, agotan los recursos materiales y energéticos, avocan nuestras vidas a la producción y el consumo. Nuestras necesidades no justifican este grado de producción y de renovación constante. Comprar no es sinónimo de libertad, ha dejado de ser placentero, es una norma, es nuestra contribución obligada al sistema. Ver en los objetos valores que perduran por encima de los tics efímeros de la moda, es una actitud positiva que nos libra del stress del consumo. Volver a pensar en el tiempo como un valor, que lo valioso perdura.

Dish Cup Ring por Martín Azúa

De la función a la utilidad, de lo simbólico a lo narrativo.

Que yo recuerde cada vez que se plantea una discusión sobre cualquier tema relacionado con el diseño se acaba hablando como lo estoy haciendo ahora de la dicotomía entre función y expresividad. Supongo que se entiende a considerar que un objeto equilibrado es el que cumple una función y que se expresa de forma coherente. Creo que la función y la expresividad tal como las contemplamos no asumen una actitud comprometida y crítica sobre el papel que juegan los objetos en nuestras vidas.

La idea de utilidad supera la idea de función y nos introduce en un concepto proactivo en el que útil significa que genera un valor positivo, que nos hace progresar. Que un objeto funcione no es una meta, lo realmente importante es lo pertinente de la función, la utilidad. ¿Para qué sirven finalmente los objetos? ¿Para resolver un problema y generar otros muchos? Debemos valorar la utilidad en un contexto más amplio. La solución de pequeños problemas debe llevar implícita una conciencia del todo, es decir valorar más la interrelación entre diferentes aspectos que los aspectos mismos. Quizás diseñar no es una tarea sencilla sino que exige una capacidad de análisis mucho mayor de la que asumimos.

Los objetos están cargados de significados, de valores de marca, pero son mudos en lo que respecta a su historia y procedencia, esta desinformación es en cierta medida la responsable de nuestro desapego. Los objetos tienen que comunicar sus virtudes de una manera clara y honesta para establecer relaciones emotivas con el usuario. Los aspectos simbólicos y expresivos han de dar paso a una historia sin la cual los objetos están incompletos y son sospechosos. El diseño será una herramienta de progreso si recupera una posición crítica y es capaz de definir nuevos escenarios y entornos más justos y sostenibles, en estos tiempos de crisis donde al menos sabemos lo que no es útil.

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